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martes, 27 de agosto de 2019

Cuidadoras perpetuas / Por mis ovarios, bohemias



Duérmete, mi niño, duérmete ya,
que viene el coco y te comerá.
Duérmete, mi niño, que tengo que hacer,
lavar tus pañales y ponerme a coser
una camisita que te vas a poner.


A pocos meses de haber iniciado el sexenio, la Secretaría de Bienestar Social del Gobierno de Andrés Manuel López Obrador canceló el programa de Estancias Infantiles al asegurar que se incurría en desvíos de recursos, por lo que ya no se entregaría el dinero a las guarderías, sino directamente a sus padres o tutores, 1,500 pesos bimestrales, para que ellos decidieran si los niños regresaban a las estancias y pagaran el servicio con ese dinero, o a sugerencia del entonces secretario de Hacienda, Carlos Urzúa, las abuelitas podrían hacerse cargo de cuidar a los niños, y así ellas directamente serían beneficiadas.
Si existían desvíos de recursos o malos manejos en los subsidios, el Gobierno debió realizar las investigaciones pertinentes para detener esta práctica, pero no fue así. Canceló de tajo el programa y afectó directamente, primero, a los niños al frenar su desarrollo en las estancias, después a los padres y madres que, vueltos locos, tuvieron que buscar de inmediato cómo resguardar a sus hijos mientras realizaban sus actividades cotidianas, y también a las trabajadoras de las guarderías, al dejarlas sin su fuente laboral; eso sí, realizó un “censo” para saber a quienes entregarían el dinero en la mano, sin establecer los lineamientos para evitar “otro” desvío de dinero. La Comisión Nacional de Derechos Humanos se pronunció al respecto: la desaparición de las estancias infantiles fue violatoria a los derechos de la infancia en México. López Obrador tachó de absurdo esto y se negó a acatar la recomendación de la CNDH.
Si dejamos por un momento estas acciones, también podemos observar el discurso del Gobierno de México: la crianza es cosa de mujeres. No sólo se trata de la declaración del exsecretario, sino de la percepción que se tiene, las familias resolverán la situación y serán beneficiadas a la larga. Sin embargo, no se consideró que el llevar y traer, dar de comer, bañar, dormir, limpiar el tiradero de todo esto, es una labor casi en su totalidad de “naturaleza” femenina. Nosotras somos la materia prima para que las familias “funcionen” porque no existe la promoción de las tareas y obligaciones domésticas compartidas entre padres y madres.
Las mujeres crecemos sin poder tomar las riendas de nuestros propios proyectos, que las más de las veces están acomodados a los horarios escolares de los hijos, o limitados a los trabajos en la casa, impulsado por ese mismo discurso de los institutos de las mujeres que promueven cursos estereotipados de corte y confección, cortes de cabello o repostería, o, por supuesto, padecer amorosas pero dobles y triples jornadas laborales fuera y dentro de casa.
Los Gobiernos nunca han querido ver lo que implican sus políticas públicas, como las asistenciales, que no combaten la pobreza, y en este caso en particular continúa con un proyecto neoliberal que no beneficia en la redistribución política y económica, y que oculta las experiencias cotidianas femeninas, lo que entorpece por completo nuestro potencial, la maternidad no debería ser excluyente de proyectos laborales, escolares y creativos de las mujeres, pero es muy difícil si estamos solas en esto, se reproduce el mandato de que si eres mamá, lo eres las 24 horas del día; más aún, continúa siendo muy complicado que los hombres comprendan y acepten que sus obligaciones no son exclusivas a la de proveedores, sino que también deben involucrarse en la crianza, no las abuelas, no las tías, ellos; todo esto sin considerar siquiera la situación de abandono de la mayoría de las mal nombradas “madres solteras”, cuando carecen de una red de apoyo.
Así es como se reproduce el estereotipo de que las mujeres somos las cuidadoras de todos, pero al final, ¿quién nos cuida a nosotras? El Gobierno, no. La familia, no. No sólo eso, también se promueve un ambiente y un discurso discriminatorio, ese de nosotras nos hacemos cargo, nosotras somos las responsables, solas o acompañadas, nosotras lo resolvemos. Lo tenemos que resolver. ¿Con quién pretendía reunirse López Obrador para combatir el huachicol? Con las mamás de los huachicoleros. Sin considerar que esto es totalmente insensato al tratarse de materia de seguridad nacional.
Ese Gobierno de México ha querido colgarse de la bandera del feminismo desde la campaña, mucho de esto a través de la figura de la secretaria de Gobierno, Olga Sánchez Cordero, que a lo largo de su carrera ha hablado de los derechos de las mujeres, ella, no López Obrador. Y sin embargo, ella es la que ha quedado relegada de sus tareas desde el inicio, invisibilizada. Y ya, a unos días de que López Obrador entregue su Primer Informe de Gobierno no hay acciones contundentes que garanticen la igualdad y la equidad para las mujeres. 
Si de verdad existiera una transformación, la 4T hablaría de condiciones de empleo, de educación y de salud compartidas entre mujeres y hombres para los hijos de ambos. Otorgaría permisos masculinos en el periodo del posparto, la lactancia, la enfermedad, la integración de tareas. Al menos en un inicio.
Porque traer un hijo al mundo es un proyecto biológico, pero no es exclusivo de las mujeres, que la mayor parte de las veces se encargan de personas ingratas, que son las cuidadoras perpetuas de todos sin que exista para ellas reciprocidad, ni protección emocional, económica y social. Llevar, traer, dar de comer, bañar, cuidar, proteger, atender a los hijos o nietos, cantarles canciones de cuna, sigue siendo visto como cosa de mujeres. Ni en el discurso estamos incluidas, menos en los hechos: recortes y cancelaciones a refugios para mujeres víctimas de violencia extrema, cancelación de apoyos a niños hijos de mujeres víctimas de feminicidios. 
Entonces, con este Gobierno de la Cuarta Transformación, ¿cuál va a ser la transformación para la vida de las mujeres en México?

@negramagallanes

martes, 20 de agosto de 2019

Decidir sobre el cuerpo: símbolo de Venus / Por mis ovarios, bohemias



El viernes en la noche mientras veía en Twitter los cantos, los gritos, los golpes, el rosa y el verde, los vidrios quebrados, el símbolo de Venus grafiteado en paredes y monumentos, el hartazgo, no sabía qué sentir ni qué pensar porque no podía creer que estuviera sucediendo. No era “ver arder el mundo” ni darme golpes de pecho por los destrozos. No podía reír ni festejar ni dolerme. Otra vez otra marcha. La misma exigencia. Nuevas violencias. Tan sencillo como que no estaba pensando con claridad. Observar la manifestación y los destrozos como los que hace cualquier hinchada de fut me parecía no sólo reduccionista sino violento también. 
“Sólo yo tengo derecho a decidir sobre mi cuerpo”, me la pasé repitiendo la semana pasada como una loca, mientras preparaba el guion de un video. Sólo yo tengo derecho a decidir sobre mi cuerpo, el principio básico de la exigencia femenina que hasta ahora no es una realidad para las mujeres, porque siempre habrá quién nos diga cómo ver las cosas y qué decidir, qué hacer, qué pensar, qué sentir. Siempre hay un censor que evalúe nuestras acciones y nos culpe y responsabilice por todo, hasta por nuestra muerte. Siempre habrá quién prefiera vernos como víctimas eternas antes que como personas conscientes de tomar una decisión, aunque sea equivocada, ¿que tampoco tengo el derecho a equivocarme, o qué?
Tan no podemos decidir sobre nuestro cuerpo, nuestra vida ni nuestras acciones, que por eso no podemos usar minifalda sin que nos llamen putas o golfas, o sin que señalen la celulitis o los pelos de nuestras piernas o axilas; o del otro lado: no podemos decidir usar ropa holgada o masculinizada sin que también sea motivo de crítica. Tan no podemos decidir, que no dejan de hablar de nuestra gordura o nuestra delgadez o nuestras tetas o culos operados, estriados, pequeños, grandes, obscenos, algo necesitan destacar de él. Tan no podemos, que el aborto está regulado sólo en caso de que nos violen o sea un riesgo. Tan no podemos, que es imposible pensar que una mujer decida ser trabajadora sexual. Incluso dentro del feminismo, las abolicionistas dirán que las que deciden esta labor están siendo manipuladas o coaccionadas por alguien detrás de ella, un padrote, una matrona, porque es más fácil victimizarlas a las pobrecitas putas, maltratadas por la vida y sus circunstancias, y confundir su derecho a decidir en libertad con el aberrante delito de Trata de Personas, que creer que una mujer tomó una decisión consciente, socializada, por los motivos que ella tuviera, el dinero, el gozo, el morbo, la facilidad. Mientras, esta desacreditación criminaliza el trabajo sexual, niega la sindicalización y la exigencia de los derechos sexuales, de salud, de vivienda, de jubilación, los derechos de todos, y obvio, no favorece la erradicación de este grave delito que también padecen niñas y niños, porque las autoridades se enfocan en criminalizar el trabajo sexual, en detener, consignar, refundir a las putas antes que al proxeneta. 
Porque ser puta no es sólo cosa de decidir el oficio, sino el señalamiento a todas las acciones tomadas en libertad, negada a las mujeres; no es cosa de pobres, como dicen, ¿una rica nunca decidiría ser puta por ella misma?, porque, ¿se trata de vender el cuerpo, de rentarlo, de darlo gratis, de ser obligadas, o de preservar la virtud y la dignidad femenina al reprimir nuestra sexualidad? 
[“Sólo yo tengo derecho a decidir sobre mi cuerpo”. Como si todos tuviéramos el chance de tener el trabajo que queremos, el que deseamos, el que nos desarrolle como personas y creadores, ¿quién no se vende en estos días? ¡Su vida peligra, renuncie! ha sido la solución para sobrevivir a la cotidianidad, al consumismo, al capitalismo, al estrés, la receta para el workaholic que espera su jubilación porque como no pudo organizar su vida ahora sí va a organizar su muerte. Quiero unos palos de golf. Quiero ser freelance aunque tarden medio año en pagarme y yo coma todos los días. Quién no está coaccionado para vender su cuerpo y su mente en estos días? Todos queremos salir del hoyo y de las deudas. Todos queremos una casita decente. Somos mercancía susceptible de compra y venta.]
Pero es más fácil juzgar a las mujeres. Putas si deciden, víctimas eternas porque no lo hacen, porque no pueden, antes que garantizarles el derecho a decidir.
Así que miles de mujeres decidieron manifestarse el viernes contra la violencia, contra toda la violencia sufrida a manos de los hombres, y de otras mujeres también, ¿por qué no decirlo?, contra la violencia, toda, la que vivimos a diario, proveniente de todos lados. Y muchas decidieron hacerlo de forma violenta. Vándalas. Nadie se lo esperaba así. Mexicanas al glitter de guerra, gritaron. Sin embargo, ¿cuál es el estatus simbólico que le damos a la manifestación del viernes? ¿Por qué decidieron no destacar el trasfondo? ¿Quién se va a atrever a decir que es gratuito el enojo? Porque la constante es desvirtuar y menospreciar los sentires, nuestros desasosiegos y miedos, nuestras muertes también. Si te enojas, estás en tus días, eres agresiva, no razonas, no sabes lo que haces. Si hablas, malo, si externas tu hartazgo diciendo lo que no te gusta, malo, yéndote de donde no te quieren, malo, siempre habrá un menosprecio a lo que sientes, como cuando lloras porque también estás en tus días, pobre víctima que sufre pero no hace nada para remediarlo porque no sabes decidir, porque nosotros no te podemos ofrecer nada, ni justicia ni paz, si pides, malo, si suplicas por tu vida, malo, por tu dignidad, malo, y si al final exiges con violencia, malo también. Si te asesinan, mucho peor, es tu culpa por andar en minifalda a la media noche en la calle. 
Así que mientras gasté e invertí muchas horas viendo Twitter y Facebook, yo seguía con la frasecita pegada en la cabeza como sonsonete de reguetón: “Sólo yo tengo el derecho a decidir sobre mi cuerpo”. Pero créetelo, porque muchas mujeres no lo hacen. Como con las trabajadoras sexuales. Hay una exigencia en la higienización del cuerpo, en la preservación de las virtudes femeninas al más puro estilo del Frente Nacional por la Familia. Cierra las piernas y no abras la boca. Enfermas, sucias, puercas, la estigmatización de las putas, aunque en todos lados nos llaman así únicamente por nuestro cuerpo, ¿a poco no han escuchado lo sucias que somos cuando nos baja? No seas cochina, no hables de eso, guárdate, que nadie sepa que estás en tus días. Higienización del cuerpo y limpieza urbana. Las putas no salen de la Zona de Tolerancia, ¿qué imagen van a dar si las ves en la calle? En esta ciudad tan modernizada, cómo vamos a permitir que la gente vea a esas mujeres, que las conozca, que sepan de ellas. Necesitamos una ciudad limpia. Sin basura en las calles. Sin grafitis en los puentes. Necesitamos mujeres decentes. No vamos a hablar de “sus problemas” porque ensucia nuestras inversiones, aleja el turismo, no tumba el negocio.
¿No cumplen con nuestras reglas? No hablemos de su hartazgo. Putas, revoltosas, sucias de cuerpo, sucias de mente, vienen a destruir de nueva cuenta la ciudad que ya está destruida por la violencia, con sus pintas de cifras de feminicidios, con su diamantina, con los números de carpetas de investigación, con los nombres de las desaparecidas, de las violadas, de las quemadas, vienen a ensuciar y romper todo con sus exigencias. Destaquemos su violencia antes que el origen de ésta. Criminalicemos su protesta como lo hacemos con las putas. Con las que deciden. Mejor detener a las putas que al proxeneta. Mejor despreciar la manifestación de las mujeres que combatir la impunidad. Ellas decidieron gritar y romper vidrios. Irracionales. Quién va a escuchar ese histerismo. 
Ya es lunes y yo todavía no pienso con claridad. Abrí Twitter y Facebook y volví a ver nuevos nombres y rostros de mujeres asesinadas, violadas, desaparecidas. 
“Sólo yo decido sobre mi cuerpo”, no dejo de repetirlo como mantra, como letanía, para que se me haga verdad. Todavía no puedo creer que no sea cierto. Que no sea una realidad para todas el decidir sobre su vida. No puedo creer que el símbolo de Venus grafiteado sea para muchos hoy sólo un símbolo de vandalismo antes que de exigencia a una vida libre de violencia, una vida para poder decidir sobre nosotras. También estoy harta.

@negramagallanes