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lunes, 4 de mayo de 2020

DE LA DEMONIZACIÓN DE LA MALDICIÓN MENSUAL O HÁGAME UN TECITO PARA LOS CÓLICOS




saber
que Dios está escondido entre tus sábanas

sudoroso

consagrando tu sangre menstrual

elevando el cáliz de tu vientre.

Descubrir de pronto que Dios

era una diosa,

última ascesis,

de aquí a la eternidad.


Cristina Peri Rossi




Las mujeres que menstrúan no pueden hacer mayonesa ni tocar las plantas ni bañarse ni salir ni tener sexo; se les corta aquella, se les secan estas, les hace daño el agua, la gente puede enterarse si se asoman y es sucio. Cuenta mi madre que por mucho tiempo este fue un tema difícil de hablar entre las mujeres de su casa, “andar en sus días” estuvo sujeto a múltiples concepciones, todas de acuerdo a su época. Mi abuela Mina les enseñó a ella y a mis tías la fabricación y el uso de las compresas de tela que con sumo cuidado y recato lavaban en el río, ocultas de la vista de todos. Y dado que las mujeres, en su mayoría, han menstruado desde la edad conveniente para ello, compartimos historias similares, por lo general alrededor de un halo de asco, pena y rechazo, aunque deberíamos observar que en el mundo hay quien considera la sangre menstrual la fuente de la vida eterna, un elixir para la inmortalidad; no aquí, que desde muy tiernas tratamos de esconder nuestro periodo, con sus cólicos y desasosiegos, de otros, hombres y mujeres a los que no concebimos como partícipes de nuestra intimidad. Así que entre tabúes, medias tintas, comerciales de toallas para sangre azul y nuestras propias vergüenzas, muchas crecemos con una idea estigmatizada de nuestro ciclo.

Hace unos días, “en mis días”, vi la cara de sorpresa de un hombre cuando saqué de mi bolsa un tampón y me enfilé al baño, tampón en mano y sonrisa en la cara por la incomodidad que le corría por el rostro. Tal vez, pensé, ser discreta en un espacio público le hubiera ahorrado una vergüenza que yo no sentí, o bien, pude haber tomado mi bolsa entera e ir al baño, pero nada de esto eran opciones para mí. Mucho hemos pasado ya desde que por los siglos de los siglos nos consideran enfermas e impuras, poseídas por algún demonio que nos hace sangrar en rituales paganos, todo por nuestro aparato genital, como para pensar en la incomodidad de otros antes que la mía, que la nuestra. Porque aunque luego todavía estamos llenas de pena, rezago o indiferencia para conocer nuestros ciclos reproductores, a veces me parece que el pudor viene de que nos crean desvalidas, incapaces y en pleno desequilibrio hormonal antes que por la sangre que nos acompaña, esa pena de los tiempos de la secu, cuando una mancha roja en el pantalón era la fuente de algún apodo y la muerte social. Pero va más allá: todas hemos escuchado el “compréndela, le bajó”, o el famosísimo “no le hagas caso, anda hormonal”, de por sí nunca falta quien se atreva a mostrar su ignorancia exacerbada al menospreciarnos con el típico “pinches viejas, todas están locas les baje o no”.

Eso sí, hay mujeres para quien el periodo es la verdadera bendición de cada mes y para quien la frustración se refleja en el correr de esa sangre entre las piernas. Otras, ante sus carencias, aprovechan todo para detener el flujo, desde hojas de papel hasta barro, o como las mujeres que viven en la calle y que tienen que resolverlo, y hay las que pueden acceder a copas menstruales; a las que les pega intensamente como una tromba y hasta llegan a necesitar atención médica, y a las que les no les causa malestares.

En el comienzo de todo, pero al quinto día, but of course, Dios creó al varón y a la mujer, a ambos nos bendijo, pero por desobedientes y aventureras a nosotras nos envió como castigo la menstruación y el parto con dolor. Aunque me gusta más la romantización de la Luna y sus fases, su ritmo de 28 días, 13 veces al año, en un símil muy bonito que diversas culturas han adoptado de nuestro ciclo menstrual y la conexión de fuerzas y energías. Los hombres desde tiempos remotos también han husmeado. Aristóteles aseguró que el semen formaba el embrión sobre el flujo menstrual; Hipócrates nos regaló el término histeria y Simónides de Ceos dijo que la mujer es como el mar, con periodos de calma y tormenta. La menstruación y la pubertad están de manera simbólica en la “Caperucita roja” de Perrault; y en Carrie, de Stephen King, la sangre a mi parecer llega de forma violenta con la menstruación, las burlas, los gritos y la venganza. Las mujeres -ella misma- insinuantes y seductoras de Alejandra Pizarnik transitan por ciclos de sexualidad y melancolía, de fiereza y sumisión, del erotismo por la sangre que alimenta a mujeres vampíricas como su Condesa Bathory; y Simone de Beauvoir, que retomó desde los tabúes y la biología también lo que llamó la “maldición” mensual en El segundo sexo, porque no podemos dejar de lado la ciencia.

La travesía que nuestro cuerpo emprende mes con mes también se enfrenta a políticas de control, tanto como para que a veces pareciera que eso de lo que no se habla de forma abierta y pertinente sólo está en el imaginario de las personas y ha minado la credibilidad e identidad de las mujeres. Porque si bien es cierto que no hay ninguna relación entre el desarrollo de nuestra inteligencia con la menstruación, todas debemos estar conscientes de que el hipotálamo nos juega una trastada al reunir un ejército de hormonas que si no somos capaces de controlar se llevan de calle nuestra estabilidad emocional en esos días, pero que tiene remedio si nos conocemos y estamos en paz con nosotras, hay mil recetas para sentirnos mejor. Mientras, la normalización de la histeria hace que seamos “enigmáticas” porque no sabemos qué queremos, o sea, inestables en comparación con los hombres, necesitadas, urgidas de miembros viriles para equilibrarnos mientras comienza otra vez nuestro ciclo, sin que crean que somos capaces de divertirnos porque dicen cosas como que llegó Andrés, que navegamos con bandera comunista o que se nos descongela la chuleta, menos cantar siquiera que “las histéricas somos lo máximo, extraviadas, voyeristas, seductoras, compulsivas finas divas arrojadas al diván de Freud y de Lacan”. Cada una con su identidad.

Otra política de control es la publicidad. En pleno 2018 seguimos hablando de productos de “higiene femenina”, que nos remite a la idea de suciedad, a lo que debe ser sanitizado, jabones y lociones para disimular “olores” y los productos de gestión menstrual (Gloria Steiner dixit) siguen relegados, como la copa, y que no se promueve a pesar de significar mayor comodidad y educación sexual en la mujeres, sino que su omisión responde a meros intereses comerciales y tradicionales. Todo esto sigue siendo un discurso sobre nuestro cuerpo. Que es lo mismo que hablar sobre tener sexo mientras nos baja. El pudor y el estigma no son vencidos del todo por la conciencia de nuestro cuerpo, a sabiendas de que los orgasmos reducen los dolores y malestares, que estamos ávidas de cariños y chiqueos, de tecitos para los cólicos, de nieve y películas (aunque no perdamos de vista que aumenta un poco los riesgos de contagio de ETS, así como el cuello de la matriz se abre para que fluya la sangre, así permite la entrada de infecciones). Con esto mismo me refiero a la limitación que tenemos al no querer mostrar nuestra “debilidad”. ¿Qué tendría de malo en externar que no nos sentimos bien? ¿O por qué tenemos que ocultar la tristeza? Lo sé, en otros países hay hasta incapacidades por menstruación. Por el momento, solo me quedo con el derecho de quejarme, apoyada en el entendimiento del otro. Nadie reacciona de la misma manera al dolor, la relación que tenemos con el mundo nos hace recibirlo de otras formas pero todos tenemos la necesidad de recibir alivio y tranquilidad. Si pensamos que somos valientes por soportar los cólicos y dolores de parto sin quejarnos, a la primera de cambio cualquier queja saca a flote un menosprecio por lo que parecería la fragilidad de nosotras, los viles chantajes emocionales que nos achacan, el escándalo y el menosprecio a estas incidencias; comprender todas estas sensaciones también ayudaría a hacer de lado la victimización de quien padece los dolores y abonaría al entendimiento de quien acompaña. 

Porque mientras que para los hombres la sangre es suciedad, violencia y muerte, la sangre de las mujeres es un símbolo de fecundidad y paradójicamente de enfermedad, que no termina aun cuando se haya ido la regla con la menopausia, esa mujer que ya no menstrúa dejó de funcionar para el mundo, es estéril ya. La sangre menstrual también ha personificado la relación entre los diversos sexos en la sociedad. Nos estableció en un discurso. No solo nos diferencia biológicamente, sino que ha sido pieza clave para establecer dinámicas, muchas de las cuales han empujado a las mujeres a la rebelión. Ojalá que al menos termináramos con esta absurda vergüenza para reapropiarnos de nuestros fluidos, que como lágrimas, sudor, saliva o semen, también cumple una función, pero que en nosotras nuestra sangre ha envilecido nuestro cuerpo y nuestra mente, al considerarnos enfermas e impuras, locas, mujeres poseídas por algún demonio que nos obliga a sangrar para alimentarlo, que nos hace bailar trastornadas al ritmo de los tambores como bruja en Noche de Walpurgis, mientras succiona nuestra sangre. Aunque, pensándolo bien, esto último no suena tan mal.





@negramagallanes

sábado, 2 de mayo de 2020

DÉJATE SOLO EL SOMBRERO





Baby, take off your dress

Yes yes yes

You can leave your hat on

Joe Cocker





“A muchos el universo les parece honrado; las gentes honestas tienen los ojos castrados. Por eso temen la obscenidad. […] Cuando se entregan ‘a los placeres de la carne’, lo hacen a condición de que sean insípidos”, escribió Georges Bataille en su Historia del ojo, una novela considerada depravada, vulgar y obscena que intentó prestarme alguna vez un novio con quién sabe cuál intención, pero que no me permití leer en su momento porque me daba pena sacar el librito en público y tenerlo en casa.

Obsceno: adj. Ofensivo al pudor… ¿al pudor de quién?

Escena 1: Cuarto grado de primaria, el patio escolar de un colegio de monjas y en el centro un corrillo de niñas nerviosas escondiendo una Playboy. La dueña de la revista la sacó del cajón de su padre con el único fin de mostrarnos la verdadera anatomía masculina que no tenía nada que ver con la de los libros de texto, dijo convencida. ¿Cómo lo sabía?, quién sabe, pero intuyo que el morbo o la curiosidad tuvieron que ver más que alguna clase de educación sexual. Ella sabía que adentro había fotos de mujeres desnudas, por lo que creyó que también habría de varones. Obvio que no fue así. Y aunque nuestra mayor curiosidad no fue satisfecha, todas ahí descubrimos por primera vez la conformación de la geografía de nuestro sexo, con sus montañas, ríos, hendiduras y abismos.

Desde muy joven me resistí a hacer del porno un catalizador para mis deseos, por lo que mi acercamiento ha sido reciente, y he de decir que gratificante, sin embargo, aún ahora me cuesta trabajo no reír con las exageradas actuaciones, o sorprenderme de la flexibilidad de los participantes, todos esos detalles que no me dejan envolver en el meollo del asunto. Lo mismo con los desnudos. El disfrute de los cuerpos llega para mí al descubrir los pliegues y las texturas, no por observar sus colores, dimensiones o tamaños, distracciones que también inhiben el radar de mi voluptuosidad. 

Aunque si considero todas las diferencias sociales y culturales con las que las mujeres crecemos en comparación con los hombres, no suena tan descabellado, pues uno de los resultados de estas diferencias ha sido que no gocemos de las mismas oportunidades para explorar la erotización de nuestros sentidos y nuestro cuerpo, y con esto de la curiosidad sexual.

Escena 2: Entra un grupo de amigas a un bar para disfrutar de un chou de desnudos masculinos, estilo Solo para mujeres. Los hombres en el escenario bailaban gozosos I’m too sexy ante la mirada atónita de muchas y el griterío de otras. Algunos de ellos, después de sacudir el trasero, bajan del escenario para frotar su cuerpo con el de la mujer que tenga más cara de susto. Pasada la medianoche, un grupo del área de Reglamentos del Gobierno del Estado se atreve a interrumpir la tranquila tertulia al considerar el espectáculo como una falta a la moral y a las buenas costumbres. Close up a las caras desconcertadas de las mujeres y a las tangas de los varones. 

El director del Área de Reglamentos instó al Cabildo de Aguascalientes a emprender una labor legislativa para aumentar las definiciones acerca de la Zona de Tolerancia luego de la “aparente necesidad” (las comillas son mías) de crear cabarets dirigidos hacia el público femenino, dice la nota.

El municipio de Aguascalientes tiene una Zona de Tolerancia, donde, valga la redundancia, se tolera el trabajo sexual, así como el comercio erótico en bailes o exhibiciones corporales, pero exclusivamente para hombres. Para variar, la historia nos cuenta que son ellos, más que otras mujeres, los que han comercializado la sexualidad de estas en todas sus variantes lujuriosas, lo que quiere decir que tanto para el consumo como para la mercantilización, ellos son los únicos autorizados. Mi principal preocupación con este tema tiene que ver con todos aquellos que son obligados a participar en estos actos: niños, niñas, mujeres, trans, y en menor cantidad pero no por eso inexistentes, hombres que son víctimas de trata de personas para satisfacer las aberraciones mentales de seres asquerosos que sin escrúpulos envilecen inocentes, por lo que me pregunto: ¿qué ese no sería el punto a vencer de parte del Gobierno?, la deformidad sexual, la deshumanización y cosificación que sufren estas personas. Dejando este punto aclarado, continúo.

Habría que establecer el criterio bajo el cual el Estado piensa en el pudor y las buenas costumbres, si es que en Las Violetas -o sea, “la zona”- los únicos con permiso moral para ingresar y participar son los hombres porque se considera que las mujeres no tienen ni derechos ni deseos sexuales. Paternalista y controlador, encierra y esconde lo “perverso” bajo su venia, lo que hace un caldo de cultivo propicio para las drogas y el proxenetismo, es decir, el delito. Entonces, todas aquellas personas que gozan con la experiencia sexual saludable y que asumen por completo una conciencia plena y libertad de elección ¿por qué no pueden participar de estos beneficios que ofrece el Gobierno de la alcaldesa Teresa Jiménez? 

Escena 3: Una mano femenina con uñas largas y rojas sostiene y acaricia delicadamente un dildo. Lo roza con sus dedos, lo aprieta fuerte, lo unta en sus manos en un vaivén.

Si partimos de la idea de que los objetos no son sexuales por sí mismos, así sea un dildo, por qué omitir entonces que somos las personas las que sexualizamos los objetos y los cuerpos, tal vez el problema recae en la simplificación y animalización del nuestra propia sexualidad, porque, ¿qué tendría de denigrante que las mujeres pensemos en nuestros propios términos en cosas sexuales? Válgame dios. Esa escena mejor no porque las mujeres no podemos externar deseo, nos hace parecer a los ojos de otros como lujuriosas perras en celo a las que no deberían tocar ni las obscenidades verbales ni físicas. Incursionar en la experiencia nos volvería unas reverendas putas. Por eso nos matan.

El hecho de que todavía exista una exclusión en cualquier ámbito es prueba de que la discriminación ocurre en el imaginario y la realidad de las personas. La pulcritud social, en otras palabras, el decoro, está ceñida exclusivamente para nosotras. Explorar la curiosidad sexual saludable, sin tabúes ni condenas sociales haría que, de raíz, menos niñas y niños acudieran a ella por el simple morbo, que supieran defenderse de depredadores sexuales y a la par, ya mayores lograran ejercer su erotismo sin embarazos adolescentes. Los que actúan como censores de nuestros deseos y los catalogan como insanos solamente fomentan la ignorancia sobre las facultades sexuales del humano. Si las mujeres aprendemos a decidir, sin esperar la coerción de la sociedad sobre qué es lo que debemos querer, entender y desear en materia sexual, será nuestro el placer de ver, tocar, morder u oler sin remordimientos, al alejarnos del estereotipo de las mujeres abnegadas y sin ganas para el deseo por los juicios de otros que nos convierten en mujeres de una mentalidad morbosa, muy por debajo de las mujeres sanas en alguna escala moral de persona de ojos castrados, como dice Bataille, al que una vez desprecié no por mis gustos, sino por los valores morales de una comunidad que me recriminaría al descubrir mi lectura, y con ella, evidenciar tal vez mis deseos y perversiones. La escritora Siri Hustvedt escribió que de haber tenido interés de joven por el porno hubiera estado obligada acudir a salas de cines particulares (¿recuerdan el cine París en la céntrica calle Madero?), “comprar una entrada, hacer cola entre hombres furtivos y cachondos, y sentarme sola en una butaca desvencijada con manchas de semen secas. […] En otras palabras, habría tenido que estar loca.”

Escena 4: Una noche, mis amigas y yo salimos a un bar infame y cucarachiento de cuyo nombre no quiero acordarme, puesto que ahí se presentaría el Diablo, el stripper masculino más cotizado de esas fechas. Para cuando su sombra apareció a lo lejos y subió al escenario tengo que confesar que reí, pero más de pena ajena que de gozo: alto y más bien escuálido, revestido en una larga y chafa capa roja, botas metaleras, torso desnudo y un pantalón mal cosido que a leguas dejaba ver los botones laterales que se desprenderían en el contoneo, el Diablo procedió a moverse, se quitó la indumentaria y soltó su larga y frondosa cabellera ante el ruido ensordecedor de las presentes. El demonio cargaba mujeres, se frotaba en sus cuerpos, meneaba el culo enfundado por una tanga roja satín y lanzaba miradas de millón con unos pupilentes blancos para, supongo, enfatizar su condición demoníaca. Y yo, hipnotizada, no podía dejar de ver su pecho, axilas y piernas, cubiertas por unas púas gruesas y gordas que no se había rasurado en muchos días. Pero esto no es como en The Full Monty, grité ahogada en el ruido, ¿por qué no baila mejor You can leave you hat on? ¿dónde están los cuerpos rechonchos y peludos que me encantan?



Cada quien con sus deseos.